domingo, 16 de marzo de 2014

Un cuento de Abelardo Castillo

EL MARICA
Abelardo Castillo



 Escuchame, César: yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto. Sí. Porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro, y las lleva toda la vida. Pero una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Y entonces yo siento que tengo que decírtelo. Escuchame.
Vos eras raro. Uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa, y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Y vos eras raro. Cuando entraste a primer año, venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte, no sé, algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles, ni romper faroles a cascotazos, ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo cómo fue. Cuando uno es chico, encuentra cualquier motivo para querer a la gente. Solo recuerdo que de pronto éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Una mañana hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de flauta: “Adiós, los novios”. A vos se te puso la cara como fuego. Y yo me di vuelta, puteándolo, y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano. Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.
–Te lastimaste por mí, Abelardo.
Cuando hablaste sentí frío en la espalda: yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé.
Demasiado blancas, demasiado delgadas.
–Soltame –dije.
A lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo: tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que antes también lo entendía, y alguna vez lo dije: dije que todo eso no significaba nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían y uno también, César, acaba riéndose. Acaba por reírse de macho que es.
Y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.
Fuimos inseparables. Hasta el día en que pasó aquello yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente como quieren los que todavía están limpios. Me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te enseñaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil contarte, escuchar todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, con una mirada rara; la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:
–Sabés, te admiro.
No pude aguantar tus ojos; mirabas de frente, como los chicos y decías las cosas del mismo modo. Eso era.
–Es un marica.
–Déjense de macanas. Qué va a ser marica.
–Por algo lo cuidás tanto…
Y se reían. Y entonces daban ganas de decir que todos nosotros, juntos, no valíamos la mitad de lo que valía él, de lo que valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil, y la risa fácil. Y uno también acepta -uno también elige-, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche, cuando vino el negro y dijo me pasaron un dato. Me pasaron un dato, dijo, que por las quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso lo hacemos debutar al machón, al César. Y yo dije macanudo.
–César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas.
–¿Con los muchachos?…
–Sí. Qué tiene.
–Y bueno, vamos.
Porque no solo dije macanudo, sino que te llevé engañado. Y fuimos. Y vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo: alta entre los árboles.
–Abelardo, vos lo sabías.
–Callate y entrá.
–¡Lo sabías!
–Entrá, te digo. 2
El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba socarronamente. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes: siete por cinco treinta y cinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca. Nunca me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra.
El negro hizo punta. Yo sentía una cosa, una pelota en el estómago. No me atrevía a mirarte. Los demás hacían chistes brutales. Desacostumbradamente brutales, en voz de secreto. Estaban, todos estábamos asustados como locos. A Roberto le tembló el fósforo cuando me dio fuego.
–Debe estar sucia.
Después, el negro salió de la pieza y venía sonriendo. Triunfador. Abrochándose. Nos guiñó un ojo.
–Pasa vos, Cacho.
–No, yo no. Yo, después.
Entró el colorado, después Roberto. Y cuando salían, salían distintos. Salían no sé, salían hombres. Sí, esa era la impresión que yo tenía.
Después entré yo. Y cuando salí, vos no estabas.
–¿Dónde está César?
No recuerdo si grité, pero quise gritar. Alguien me había contestado: disparó. Y el ademán -un ademán que pudo ser idéntico al del negro- se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio, porque de pronto yo estaba fuera del rancho.
–Vos también te asustaste, pibe.
Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas.
–Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.
–Agarró pa ayá –con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. El chico también dijo pa ayá.
Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.
–Lo sabías.
–Volvé.
–No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.
–Volvé, ¡animal!
–Por Dios que no puedo.
–Volvé o te llevo a patadas en el culo.
La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar, ensuciarte para olvidarme de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.
–Bruto –dijiste–. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros.
Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste.
Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:
–Maricón. Maricón de mierda.
Y después lo grité.
Escuchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo. Pero de golpe, un día, necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escuchame.
Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, que no se lo vaya a contar a los otros.
Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.

sábado, 8 de marzo de 2014

El pez azul

Por María del Carmen Pineda



Recuerdo la noche inundada de aguardiente, la cumbiamba, el río… Después las voces lejanas de mis amigos,  sus “no te mueras” desesperados, el desfile de las cosas vividas, las bailarinas desnudas y yo en el centro. Creo que luego una granada explotó en mi cerebro.  Cerré los ojos y me convertí en este pez azul.  Ahora el rumor del agua es música que llena mis sentidos.  El tiempo no existe. Lo único que existe es el paso interminable de los peces.



María del Carmen Pineda perteneció al taller Relata-UIS (en esos años con el nombre de Renata-UIS) desde el año 2008 hasta el 2010. En la breve y bella vida del taller, María del Carmen es una de las asistentes con mayor trabajo y amor hacía la escritura; su desarrollo narrativo en estos años ha dado el fruto de una escritora con un talento que ha nacido de la responsabilidad asumida por ella hacía la escritura. Con este cuento sencillo y hermoso llamado El pez azul, María del Carmen fue finalista en el I Concurso de Microrrelatos “Pluma, Tinta y Papel”, organizado en Madrid, España.  

Ilustración: María Angélica Martínez Wandurraga  http://maria-chucena.tumblr.com/

martes, 4 de marzo de 2014

Integrantes Taller Relata-UIS 2014



Después de una ardua lectura de 98 textos que participaron en la convocatoria del Taller de escritura creativa Relata-UIS 2014, se ha decido abrir el cupo a 38 personas, las cuales oficialmente formarán parte de la lista del taller en la red Relata del Ministerio de Cultura. A su vez, estos seleccionados recibirán material narrativo gratuito y el compromiso de parte del director del taller a un proceso de lectura individualizado y grupal cuyo objetivo será el de una revisión comentada y constante del trabajo hecho por cada uno. 
En cada uno de los textos seleccionados se ha percibido una habilidad narrativa que merece ser reconocida y trabajada en búsqueda de una voz propia, 
A continuación la lista oficial del Taller de escritura creativa Relata UIS, el cual iniciará este viernes 7 de marzo a las 6 pm en la sala Zalamea de la UIS. Bienvenidos todos al equipo Relata-UIS. 


María del Pilar Morales


Maximiliano Garavito


Luis Lambis


Mónica Cardona


Vanessa Acevedo


José Daniel Fonseca 


Milton Hillera 


Marlon Téllez 


César Medina

Melissa Velandia

Paola Andrea Morales Contreras

Jesús Jaimes

Alejandro Gómez

Gloria Pineda

Carolina Álvarez Quintero

William H. Rodríguez

Edgar A. Henao 

Sofía Ravelo Rivera

Andrés Arenales Duarte

Gerson Grimaldo Sánchez

Luis Carlos Mantilla Espinosa 

Alexis Caballero

Frank Pineda

Felipe Montaguth

Sergio Carreño Chacón

Lucy Victoria Ojeda

William Cacua

José Luis García Cubides

Astrid del Pilar Martínez

César Castañeda Plata

María del Mar Morales

Kevin Garzón

Carlos Augusto Morales



María José Triana


Gloria Marcela Estévez


Gustavo Adolfo Fonseca 


Fernanda Téllez Vega



Emanuel José Acuña Silva