domingo, 24 de marzo de 2013

El cuento de la semana


ÚLTIMAS COSAS DE UNA NOCHE
(Del libro Una ciudad llamada Bucaranada)
Fabián Mauricio Martínez González




Yo me canso de andar entaconada, me canso de eso y de las ambulancias. Aunque las ambulancias me crispan los nervios, mis bellos pies (esta noche con uñitas negras) no dan para tanto, y por eso termino sentándome en las escaleras de los edificios. Y es mejor, porque cuando andamos sentadas se nos notan bien las piernas y eso atrae más clientes. Una se sienta con los muslos bien apretados y la espalda derecha, pero cuando hay algún carro que lleva varios minutos dando vueltas hay que abrirlas y exhibirles lo que buscan.

Con las chicas hay competencia, pero una acaba por hacerse amiga de algunas. Hace unas noches, Luisa me prestó unas pestañas, las pestañas esas negras y largas que tanto me gustan. El tipo de la camioneta que me recogió dijo que le encantaron mis ojos, que acercara mi cara a su boca y le dejara lamer las pestañas, se volvió loco ahí mismo y acabó en un segundo. Las cosas que una tiene que ver. La gente que viene a buscarnos es rara: cuando hablan no miran a los ojos y quieren que todo pase muy rápido. Aunque claro, hay quienes se toman su tiempo y llegan con exigencias increíbles. Luisa contó que la otra noche dos tipos la recogieron, la llevaron a un motel, la desnudaron, la amarraron a una cama y la pusieron a mirar cómo se consentían y se hacían cositas entre ellos. Las cosas que una tiene que oír.

Luisa se anima, corre hacia un auto, menea el trasero, se agacha junto a la ventana, recibe un escupitajo, recoge una piedra, le apunta al carro que huye, lanza madrazos. Golpea un muro con sus manos. Cálmate Luisa.

A mí me pasan otras cosas, a mí me encanta dejarme llevar por esa inclinación que una tiene hacia lo prohibido, hacia lo peligroso. Cuando vienen los callejeros, los arriados, los que caminan con ganas de meterlo rápido en cualquier esquina, se me alborota la melena y me los llevo a los rincones de siempre. Una, dos, tres cuadras. En la puerta de una bodega. Dinero rápido. Sudor. Labios mordidos. Jaladita de pelo. Auuu. Arrggg. Cuadritos de papel higiénico. Una, dos, tres cuadras. Las chicas de nuevo. Maricona regalada, grita alguna. Sucia, grita otra. Me paro en la esquina, me arreglo el vestido, pinto mis labios, me miro en el espejo pequeño del bolso, la boca me queda roja y bonita.

Una ambulancia le prende fuego a la avenida con su escándalo de sangre y huesos rotos. Si una se pusiera a contar todas las ambulancias que pasan en la noche acabaría trastornada. Luisa está sentada en las escaleras sobándose la mejilla del escupitajo, las demás se afanan, se esfuerzan, se atreven. Los tacones yendo y viniendo. El frío que sube por las piernas. Las manos frotando los muslos. Dame un tinto, papito (el hombre de los tintos me sirve uno). Gracias, papito (el hombre de los tintos guiña el ojo y se aleja empujando el carrito).

Hay viene mi Emperatriz a charlar un rato. A matar el aburrimiento con sus hermosos ojos verdes.  Emperatriz me cuenta que tiene a un peladito enamorado esperándola en el cuarto, un niño hermoso de colegio.

—Y entonces Empera, ¿qué vas hacer?, vas a dejar de verte con el viejo amargado ése.
—No, mi vida, ni loca- Emperatriz saca un paquete de cigarrillos, me ofrece uno, tomo dos, ella prende
el suyo, le da unas buenas chupadas, mueve la mano continuando con lo que está diciendo- si ese señor
es mi cliente fijo y, además, me paga muy bien.
—Pero ese viejo es un ogro hijueputa, no sé cómo lo soportas- le digo mientras me meto los cigarrillos
entre las tetas.
—Aish no exageres, conmigo es diferente- fuma profundamente, mira para una esquina, mira para la otra —además siempre viene puntual los días diez de cada mes.
—Oye, sí, Empera, es un relojito el viejo ése.
—Claro, y con lo que me paga vivo bien unos buenos días, y no te imaginas las cosas qué hace y dice —enciende otro cigarrillo con la colilla del primero— está loco mi señor Del Campo.
— ¿Así se llama? —le pregunto, cruzándome de brazos. Qué frío tan hijueputa.
—Pues así me dice que lo llame. Emperatriz arruga la cara, saca la lengua, escupe, estrella el cigarrillo
contra el suelo. —Además, ¿qué importa cómo se llama?...
—Uy, mi Empera, pero volviendo a lo del chinito, qué rico irse a la casa y que la estén esperando a una, con la camita calientita y más si es un niño de colegio- me muerdo el labio, dibujo con mi mano una curvita, grito eufórica, abrazo a Emperatriz.
—Ay ya —me aparta de su lado— además, qué dices, no dizque andas viviendo con La Luisa.
—Uish…vivimos en el mismo cuarto, pero no tenemos nada entre nosotras- Emperatriz se ríe. Los dientes amarillos contrastan con su labial rosa.
—Eso es lo que ahora dices, pero un día de estos van a acabar haciéndose rico mijita- nos carcajeamos,
miramos hacia el edificio. Emperatriz me da una nalgada suavecita. Desde las escaleras, Luisa nos mira con algo parecido a la curiosidad. Se le enciende la sangre. Sabe de qué hablamos la Luisa.

Amanece. Un auto negro se estaciona junto a nosotras. Los ojos verdes de Emperatriz me miran con asombro. La ventanilla del auto se abre. El tipo no se anda con rodeos, dice que quiere pasar el día con una de nosotras. No me le mido. Emperatriz sí. ¿Y el peladito?, la retengo del brazo, Emperatriz me quita la mano con suavidad, se encoge de hombros, bisnes ar bisnes querida. Se sube al auto. Amanece. El auto negro se aleja. Saco un cigarrillo, lo enciendo. Otra sirena, otro enfermo, otro herido, otro muerto. Fumo y aprieto el alma para no destemplarme. Otras luces azules y rojas que golpean brutalmente las puertas de la ciudad.

Luisa se acerca arrastrando un viento enredado en su melena, está pensativa, me mira como no me gusta, con esa mirada que aún conserva la tristeza de los ojos masculinos. Me dice que la noche le ha parecido una mierda. Pobre Luisa, aún no se acostumbra; aquí una tiene que volverse dura y fría (a pesar de las ambulancias) y Luisa no lo es, no lo será nunca. Cálmate, Luisa.

Pronto la ciudad estará llena de buses y la gente no querrá vernos, como si fuéramos murciélagos de dos patas sueltos a la luz de la mañana. Se ponen violentas, idiotas, salvajes las personas con estas cosas. Mejor vamos Luisa, yo pago el taxi.

Los pájaros vuelan por el cielo roto del amanecer. Luisa arregla la carrera con un taxista, el tipo no tiene problemas en llevarnos. El taxi avanza por la avenida y el taxista no para de mirarnos por el retrovisor. Se relame el bigote, piensa en porquerías, no dice una palabra el taxista. Las droguerías, cafeterías y oficinas, abren sus puertas a lado y lado de la avenida. La ciudad pierde la gracia cuando la noche se acaba, el sol que se asoma por los cerros orientales, la gente que empieza de nuevo, mientras nosotras huimos a nuestros cuartos. Las cosas que una tiene que hacer.

Miro mi cara en el espejo pequeño del bolso y sé que se verá horrible sin maquillaje. Bostezo, me resbalo por el asiento, me recuesto en el hombro de Luisa.
—Esta noche necesito mis pestañas —dice Luisa sin disimular su vozarrón.

El taxista mira por el retrovisor esperando mi respuesta. Lo miro fijamente y el tipo se achanta, hace que oye la radio, mira la carretera, se fija en las señales de tránsito.
—Te las doy de una vez –me incorporo, me pongo de mal genio, cruzo las piernas.

Luisa me mira, yo me quito la primera pestaña, Luisa me detiene, me acaricia el muslo con sus manos, los ojos del taxista se le salen de la cara, los besos ásperos, las caricias en las mejillas de Luisa.
—Sí, ya lo sé, otra vez con barba.
—No me importa —le respondo.

Al despertar, una encima de otra, sonrío con algo parecido a la felicidad, una cosa rota, llena de huecos, pero dichosa con la luz de un día ya avanzado tras las cortinas. Es una lámina fría en la que floto tranquila, un trozo de cristal que es despedazado por la voz de Luisa:
—Aún no me devuelves la segunda pestaña, ladronzuela.


Arranco la pestaña de mi ojo, la tiro sobre el desorden de pelucas y collares a los pies de la cama. Me levanto y camino hasta el baño, orino parada y no me molesto en cerrar la puerta. Un escalofrío recorre mi espalda, distingo mi rostro en el agua revuelta del retrete y el de Luisa que se asoma sobre mis hombros. Una sonrisa muy parecida a la amargura se dibuja en mi boca:
—Definitivamente me veo inmunda sin maquillaje






Fabián Mauricio Martínez González nació en la madrugada de un sábado 14 de junio en Bucaramanga, ciudad donde estudió Literatura en la UIS. Mientras se embriagaba de cine, fotografía y literatura, conoció a sus mejores amigos y ganó la Primera Mención en los Concursos Nacionales de Cuento Universidad Externado de Colombia 2005, 2007 y 2008. A punto de graduarse, FMMG  se dedicó a dirigir talleres literarios en varios colegios de Bucaramanga, en la Universidad Industrial de Santander y en la Cárcel Modelo. En esas andaba cuando ganó el II Concurso Nacional de Cuento RCN y Ministerio de Educación Nacional en 2008, con el cuento “El Castillo”.
En 2010 se trasladó a Bogotá, contratado por el Ministerio de Educación Nacional, institución en la cual hace parte del Equipo del Plan Nacional de Lectura y Escritura, “Leer es mi cuento”. FMMG se encarga de investigar, redactar y editar los contenidos virtuales del micrositio del Concurso Nacional de Cuento, así como de la planeación, ejecución y desarrollo de varios programas, con un equipo colegiado entre el MEN, ASCUN y RCN.
En Bogotá ganó el I Concurso de Cuento del Instituto de Cultura y Turismo de Cundinamarca en 2011, con “Helado como la luna”. En 2012 recibió mención como finalista en los Premios de Literatura 2012, modalidad Cuento, del Taller de Escritores de la Universidad Central, TEUC, por el cuento “Fantasía de siamesas”. En 2013, recibió mención como finalista en el II Concurso Nacional de Cuento Fundación La Cueva, por el cuento “Personajes a la obra”.
FMMG ha publicado algunos de sus cuentos en el Magazín Cultural de El Espectador, es colaborador de la Revista DONJUAN y la Revista BOCAS de la Casa Editorial El Tiempo, y la Revista DOMINGO de El Universal de México. Ha publicado los libros Una Ciudad llamada Bucaranada, Editorial UIS; y Me llamo José Antonio Galán,  Editorial Norma.

sábado, 9 de marzo de 2013

Sobre los talleres de escritura


Por Miguel Castillo Fuentes


La primera vez que estuve en un taller literario fue en el 2003. Tenía 17 años y lo único que sabía hacer era leer. No tenía ninguna intención de ser escritor, solo fui invitado por un amigo a reunirme un sábado por la tarde en la Gallera de la Universidad Industrial de Santander para hablar de literatura. Debo decir que esta invitación fue clave, porque antes de ese día yo veía la literatura como un placer más, quizá de una forma superior a muchas cosas, pero sin embargo era solo eso, un placer que podía dejar en cualquier momento.
El taller se llamaba Umpalá. Su director en ese entonces era Hernando Motato, un profesor de literatura temido en la universidad pero que ese día vestía con camiseta de Hector Lavoe, un blue jean viejo y un par de alpargatas como zapatos. El resto del grupo reunido esa tarde era completamente heterogéneo; hoy recuerdo a un abogado, un camarógrafo de Caracol Noticias, varios compañeros de universidad, una comunicadora social venezolana recién graduada, dos ingenieros electricistas –uno con ojos de chino y el otro con un cabello enmarañado más camiseta blanca de Pink Floyd- y yo, un muchachito recién ingresado a la universidad. Lo primero que pensé fue que yo estaba equivocado, esto no podía ser un taller de literatura; lo segundo que pensé fue que la literatura era más de amigos que de académicos, y por eso mismo el profesor y todos los demás sonreían y se trataban como una pandilla de esquina de barrio antes que iluminados. Y precisamente esta fue la primera enseñanza que tuve sobre los talleres de escritura: son una cosa de amigos, de gente que se topa por culpa de la necesidad de escribir.

Antes del taller Umpalá escribía sin buscarlo; primero fueron cartas a una ex-novia que me abandonó y luego algunos intentos de poesía, uno de ellos leído en el colegio frente a todos los grados de la jornada de la mañana. Estos intentos de escritura no me afirmaron como escritor porque no lo era. No pensaba en la escritura como un fin propio, sino que lo hacía para recuperar a una mujer que creí amar y para cumplir con una tarea de la clase de español. Fue hasta que empecé a visitar al taller Umpalá que empecé a ver la escritura como un fin propio, y una vez entendido esto empecé a escribir.
El género que tomé fue el cuento, quizá porque la mayoría del grupo de Umpalá escribía cuento, o quizá también porque era lo que mejor se me daba. El caso es que fue difícil, primero porque lo que hacía no era más que una copia de escritores ya leídos como Edgar Allan Poe, y segundo porque la crítica recibida fue dura. Cuando escribí el primer cuento del que me sintiera orgulloso –lo que sucedió un año después de ese primer sábado de taller- creía que al leerlo en el grupo sería aplaudido, pensé que sería el escritor que estaban esperando y que esa noche la fiesta sería especial. Sin embargo, al terminar de leer los golpes contra el cuento fueron sin piedad.  “Es una historia que no recordaré”, dijo uno. Yo aguanté ese primer golpe sin decir nada, pero luego fueron los chistes sobre la historia y ahí solo pude aceptar que la historia era débil y estaba mal tratada; no era un cuento. Mi primer deseo de ser escritor fue destruido como un corazón de dibujos animados y grafitis de baño, partido en dos. Aun así la noche fue especial porque tenía la tristeza del amor no correspondido, pero especialmente porque aprendí algo nuevo sobre lo que es un taller de escritura: sinceridad.
Dos años después, y ya con Ricardo Abdahallah en la dirección del taller Umpalá, volví a escribir. En esa misma época abandoné mis estudios en la UIS y me dediqué a la enseñanza en un colegio de Piedecuesta. Daba clases de ciencias sociales, filosofía y política, pero por culpa del taller Umpalá -el cual entró a un proceso de reuniones en casas de sus integrantes, cosa que sirvió para aumentar la amistad entre el grupo- decidí crear mi propio taller de literatura en el colegio. Justamente aquí fue donde comprendí que la escritura se podía enseñar; esto último no lo digo porque yo ya fuera un escritor que entraba en la etapa de enseñar a escribir a otros, sino porque en ese proceso de repetición de la crítica aprendida en el taller Umpalá pude aprender de los resultados logrados por mis estudiantes. Un taller de poesía conformado por un profesor sin diploma y seis niñas no mayores de doce años fueron mi segunda escuela. Ese mismo año obtuve mi primer premio literario y algunos meses después empecé a llenar un cuaderno con varias ideas. Y fue gracias a estos dos talleres de escritura que el placer de la literatura se convirtió en un destino del que no quiero escapar.

Después de esto solo puedo decir que es gracias a los talleres de escritura que yo he podido formarme como escritor. Desde el 2003 hasta el 2012 solo he estado fuera de un taller por siete meses; una vez de regreso el verbo tallerear volvió a ser parte de mi vocabulario común y me reuní con mis amigos, los mismos que conocí en el taller Umpalá, y les enseñé lo escrito en el tiempo que pasé fuera, ya no con la esperanza del aplauso sino con la expectativa del comentario certero sobre cómo mejorar lo ya escrito.
      Entre el 2008 y el 2012 he pasado de ser un integrante del taller de cuento Relata-UIS Bucaramanga a trabajar en diferentes proyectos, siempre en el plano de los talleres de escritura. Los programas Literatura al aula, de Dirección Cultural UIS, y Libertad bajo palabra, del Ministerio de Cultura, han sido los proyectos recientes en los que la experiencia y el aprendizaje sobre la escritura aumentan. Porque es cierto que un escritor es un ser solitario, al menos al momento de trabajar, pero también es cierto que el taller de escritura permite avanzar con mayor rapidez en la difícil tarea que es la escritura.