sábado, 9 de marzo de 2013

Sobre los talleres de escritura


Por Miguel Castillo Fuentes


La primera vez que estuve en un taller literario fue en el 2003. Tenía 17 años y lo único que sabía hacer era leer. No tenía ninguna intención de ser escritor, solo fui invitado por un amigo a reunirme un sábado por la tarde en la Gallera de la Universidad Industrial de Santander para hablar de literatura. Debo decir que esta invitación fue clave, porque antes de ese día yo veía la literatura como un placer más, quizá de una forma superior a muchas cosas, pero sin embargo era solo eso, un placer que podía dejar en cualquier momento.
El taller se llamaba Umpalá. Su director en ese entonces era Hernando Motato, un profesor de literatura temido en la universidad pero que ese día vestía con camiseta de Hector Lavoe, un blue jean viejo y un par de alpargatas como zapatos. El resto del grupo reunido esa tarde era completamente heterogéneo; hoy recuerdo a un abogado, un camarógrafo de Caracol Noticias, varios compañeros de universidad, una comunicadora social venezolana recién graduada, dos ingenieros electricistas –uno con ojos de chino y el otro con un cabello enmarañado más camiseta blanca de Pink Floyd- y yo, un muchachito recién ingresado a la universidad. Lo primero que pensé fue que yo estaba equivocado, esto no podía ser un taller de literatura; lo segundo que pensé fue que la literatura era más de amigos que de académicos, y por eso mismo el profesor y todos los demás sonreían y se trataban como una pandilla de esquina de barrio antes que iluminados. Y precisamente esta fue la primera enseñanza que tuve sobre los talleres de escritura: son una cosa de amigos, de gente que se topa por culpa de la necesidad de escribir.

Antes del taller Umpalá escribía sin buscarlo; primero fueron cartas a una ex-novia que me abandonó y luego algunos intentos de poesía, uno de ellos leído en el colegio frente a todos los grados de la jornada de la mañana. Estos intentos de escritura no me afirmaron como escritor porque no lo era. No pensaba en la escritura como un fin propio, sino que lo hacía para recuperar a una mujer que creí amar y para cumplir con una tarea de la clase de español. Fue hasta que empecé a visitar al taller Umpalá que empecé a ver la escritura como un fin propio, y una vez entendido esto empecé a escribir.
El género que tomé fue el cuento, quizá porque la mayoría del grupo de Umpalá escribía cuento, o quizá también porque era lo que mejor se me daba. El caso es que fue difícil, primero porque lo que hacía no era más que una copia de escritores ya leídos como Edgar Allan Poe, y segundo porque la crítica recibida fue dura. Cuando escribí el primer cuento del que me sintiera orgulloso –lo que sucedió un año después de ese primer sábado de taller- creía que al leerlo en el grupo sería aplaudido, pensé que sería el escritor que estaban esperando y que esa noche la fiesta sería especial. Sin embargo, al terminar de leer los golpes contra el cuento fueron sin piedad.  “Es una historia que no recordaré”, dijo uno. Yo aguanté ese primer golpe sin decir nada, pero luego fueron los chistes sobre la historia y ahí solo pude aceptar que la historia era débil y estaba mal tratada; no era un cuento. Mi primer deseo de ser escritor fue destruido como un corazón de dibujos animados y grafitis de baño, partido en dos. Aun así la noche fue especial porque tenía la tristeza del amor no correspondido, pero especialmente porque aprendí algo nuevo sobre lo que es un taller de escritura: sinceridad.
Dos años después, y ya con Ricardo Abdahallah en la dirección del taller Umpalá, volví a escribir. En esa misma época abandoné mis estudios en la UIS y me dediqué a la enseñanza en un colegio de Piedecuesta. Daba clases de ciencias sociales, filosofía y política, pero por culpa del taller Umpalá -el cual entró a un proceso de reuniones en casas de sus integrantes, cosa que sirvió para aumentar la amistad entre el grupo- decidí crear mi propio taller de literatura en el colegio. Justamente aquí fue donde comprendí que la escritura se podía enseñar; esto último no lo digo porque yo ya fuera un escritor que entraba en la etapa de enseñar a escribir a otros, sino porque en ese proceso de repetición de la crítica aprendida en el taller Umpalá pude aprender de los resultados logrados por mis estudiantes. Un taller de poesía conformado por un profesor sin diploma y seis niñas no mayores de doce años fueron mi segunda escuela. Ese mismo año obtuve mi primer premio literario y algunos meses después empecé a llenar un cuaderno con varias ideas. Y fue gracias a estos dos talleres de escritura que el placer de la literatura se convirtió en un destino del que no quiero escapar.

Después de esto solo puedo decir que es gracias a los talleres de escritura que yo he podido formarme como escritor. Desde el 2003 hasta el 2012 solo he estado fuera de un taller por siete meses; una vez de regreso el verbo tallerear volvió a ser parte de mi vocabulario común y me reuní con mis amigos, los mismos que conocí en el taller Umpalá, y les enseñé lo escrito en el tiempo que pasé fuera, ya no con la esperanza del aplauso sino con la expectativa del comentario certero sobre cómo mejorar lo ya escrito.
      Entre el 2008 y el 2012 he pasado de ser un integrante del taller de cuento Relata-UIS Bucaramanga a trabajar en diferentes proyectos, siempre en el plano de los talleres de escritura. Los programas Literatura al aula, de Dirección Cultural UIS, y Libertad bajo palabra, del Ministerio de Cultura, han sido los proyectos recientes en los que la experiencia y el aprendizaje sobre la escritura aumentan. Porque es cierto que un escritor es un ser solitario, al menos al momento de trabajar, pero también es cierto que el taller de escritura permite avanzar con mayor rapidez en la difícil tarea que es la escritura.  

2 comentarios:

Matilde Villamizar dijo...

Comparte su experiencia y revive en mucho lo vivido por mi. La gran diferencia: llegué a mi primer taller pasados mis 60 años. Entonces tengo que usar el lugar común: nunca es tarde. Bonito relato, siga cosechando éxitos para usted mismo, que al mismo tiempo serán aprovechados por los demás.

Anónimo dijo...

en la foto se aprecian algunos que después dieron de que hablar Ricardo Abdahllah Oscar estévez, Fabian Martinez, parece una foto del grupo de cali, muy setentera. No sé si el que aparece en la ventana será Leonardo Carreño y creo que está allí Luz Deiby Cely que era la novia eterna de Abdallita, Emotivo texto.