miércoles, 2 de julio de 2008

INSTRUCCIONES PARA UN BUEN ESCRITOR-TALLERISTA

SOBRE LA VISITA DE ROBERTO RUBIANO


Por: A.N.

El pasado 19 de junio, el escritor y tallerista bogotano Roberto Rubiano estuvo en nuestra Universidad, en la presentación oficial del taller de escrituras creativas, RENATA-UIS 2008 y compartió con los talleristas (estudiantes de la UIS y otros interesados de la literatura), lo que para él es el oficio del escritor y la dinámica de construcción de un taller en escritura creativa… Este tan sólo un resumen de sus palabras...

La primera pregunta que todo escritor debe formularse al iniciar con su proyecto narrativo es ¿qué es lo que estoy buscando? Seguramente, su respuesta será “crear literatura” o “contar algo” y a partir de esta determinación se reconocerá en el mundo como escritor. En este sentido, es importante tener claro que a un taller se vienen a hacer literatura, a crear. Los talleres no son para el desarrollo de la teoría literaria, aunque es también utilizada en algunos momentos.

Entonces, son dos las funciones de un taller literario: la primera, asimilar el aprendizaje del escritor, lo que yo llamo los “saberes del escritor”. Esto es interesante porque al estar trabajando con otras personas que están haciendo lo mismo, las dificultades se multiplican; todos compartimos las mismas dificultades, las mismas dudas, en algunos casos compartimos también el mismo problema y también la misma solución, y así el aprendizaje es interactivo y rápido. La segunda función, por su dinámica de trabajo en conjunto, hace que la emulación entre pares, las tareas que impone el taller y todo el ritmo de trabajo, empiecen a proponer una disciplina de trabajo. Sin embargo, los horarios del taller no están destinados a hacer el trabajo como escritores sino que cada tallerista viene al taller a desarrollar saberes de escritor, pero que su trabajo como escritor debe estar en su casa, es un trabajo individual porque la literatura es un oficio individual.

Hay también un tema que es preocupante y siempre ocurre en los talleres y es la inquietud por la publicación y la prontitud con la que se quiere llegar a ella. Es común que las personas que vienen a desarrollar un taller o al sentarse a escribir por primera vez, lo primero que visualiza es el color de la portada del libro que va a publicar. Esto es un problema en la medida en que hay que preocuparse por el texto, por la escritura que van a crear y por la literatura y no por el cómo ni cuándo voy a publicar. Por supuesto, el taller cumple una función de agente literario y por la misma dinámica de los escritores, el escritor termina dándose cuenta que tiene todas las posibilidades para publicar. Entonces, lo que quiero decir, es que el problema de la publicación es un problema secundario y que primero está el preocuparse por escribir buenos cuentos.

Así, el taller se convierte en un centro de preparación de textos; un lugar donde se viene a preparar la creación literaria, se aprende a preparar textos y esto no es solamente escribirlo sino también reestructurarlo, reescribirlo, trabajarlo con los compañeros y, sobre todo, aprender a hacer crítica, porque es igualmente importante dar la crítica como aprender a hacerla y la calidad de un escritor se demuestra en su capacidad para aceptar los comentarios que le hacen. El taller es entonces un centro de preparación del texto donde se aprenden los criterios básicos de cómo construir una historia, desde cómo construir una frase con sentido, un párrafo, otro párrafo y todos los párrafos convertirlos en un texto que encuentre una historia redonda y clara. Esa es la parte básica.

Ese proceso de centro de preparación de texto tiene que ver con dos aspectos: el director del taller es como un editor y cumple su función en tres direcciones: descubre el autor que los talleristas llevan adentro, les ayuda a identificar los agujeros negros, a quitar lo que no sirve y a encontrar el oro donde brilla la calidad literaria y, finalmente, es él quien divide la brecha que existe entre las intenciones de un escritor y su posible lector. Esta brecha está variada por reiteraciones, por frases mal construidas, por problemas en el texto, que el editor ayuda a que el escritor se encuentre con sus lectores. El segundo aspecto importante, además de la función del director del taller como editor, es la función de editores de los mismos talleristas ya que cada uno es editor de su compañero, teniendo generosidad con el trabajo de los demás, es decir, saber corregir sin ofender y esas correcciones de los textos hay que hacerlos en la intimidad del taller y no en otro espacio o momento.
Asimismo, el taller tiene que ver con el aprendizaje del lenguaje del ser humano. Los seres humanos somos narrativos, nos comunicamos verbalmente y toda nuestra comunicación es narrativa. Siempre estamos contando cuentos y nos comunicamos entre nosotros a través de relatos. Es esa nuestra condición: somos narradores. La vida está llena de historias de la intimidad en los diferentes espacios del aprendizaje: de la familia al colegio, donde se da el aprendizaje de la palabra escrita. En el taller, uno encuentra toda la dificultad de lo académico. Es decir, la palabra es un código de señales, es un código simbólico complejo que hay que aprender a manejar en términos de literatura, entonces, cómo conseguir que ese discurso feliz y simpático que yo puedo hacer con un texto oral, convertirlo en un texto escrito. Y es esa la ambigüedad entre el relato afectivo, lo individual y el texto escrito, que lleva todo el peso de la academia, todo el peso de la historia, todo el peso de la memoria humana. En la medida en que el escritor logre asimilar todas las herramientas de la escritura y del lenguaje y las sepa relacionar con la naturalidad con que se maneja la palabra o se maneja el cuento afectivo o familiar, es que se logran buenos relatos. Nosotros tenemos que aprender todos los recursos del lenguaje escrito sin perder la calidez y la frescura del relato oral o de los relatos que nos hicieron felices cuando éramos niños.

El tema del lenguaje tiene que ver con una condición que ocurre mucho en los escritores cuando empezamos a escribir y es el “enano vigilante”. Todos, cuando empezamos a escribir, tenemos un enano vigilante o “padre castigador” que nos dice, al leer nuestros cuentos, “pero eso ya lo hizo Cortázar, pero eso ya lo escribieron hace años, Shakespeare ya lo hizo…” El enano vigilante nos hace creer que somos muy malos y que lo que escribimos no sirve porque además se están publicando más de dos mil libros por minuto en el mundo. Yo les aconsejo que lo aniquilen, que estrangulen a ese “enano vigilante” porque no sirve.

Alguien decía que hay tres personajes que controlan al escritor: el padre castigador, el adulto sensato y el niño escritor. No hay que ser el padre castigador quien dice que todo está muy mal, que es mejor no hacer nada. Tampoco ser el niño escritor que afirma que todo lo que escribo es buenísimo. Y ser más bien como el adulto equilibrado que me dice que lo que escribo no es genial pero sí tiene derecho a ser trabajado. Y todo esto del padre castigador y del enano vigilante tiene que ver con el tema del lenguaje y nuestra capacidad de no perder nuestra frescura en los cuentos ni tampoco perder el lenguaje de la infancia, no perderlo en el proceso de aprendizaje del lenguaje escrito, con el cual todos nos enfrentamos como escritores.

En el taller, también es importante reconocer en el género literario un destino. Lo que el tallerista quiere es contar algo, escribir. Tiene un proyecto narrativo. Decía Faulkner que al principio, todo escritor quiere escribir versos y al ver que es muy difícil la poesía, entonces se pone a escribir cuentos, que es el género narrativo más exigente y al ver que es imposible escribir buenos cuentos, entonces escribe novelas. Quiero decir con esto que, el proceso narrativo que tiene un tallerista, es bueno saber hasta dónde lo quiero llevar; lo llevo hasta la novela, hacia la crónica… La crónica es una mezcla entre la realidad absoluta del periodismo y la libertad de la narrativa, y es muy interesante. O la novela que es complicada, tal vez un problema de estructura, o sólo cuestión de paciencia... ¿Cómo voy a explotar mi proyecto? No olvide, los géneros son destinos literarios.

Ser escritor es básicamente tener la voluntad de contar algo. Es la única condición para ser escritor. Ni siquiera ser lector. Uno termina siendo lector, pero es la voluntad de contar la que nos lleva a escribir. Esa voluntad de contar hay que educarla, trabajarla… Todas las condiciones previas del escritor, tener talento, tener disciplina, tener la voluntad de hacerlo, son condiciones que no son naturales, hay que trabajarlas. El escritor está del lado de lo sensible y de la belleza de la humanidad, está en la cultura del arte. Pero para hacer eso hay que educar ese posible talento y esa sensibilidad. Y la disciplina, cada cual la encontrará, pero es fundamental para ser escritor. Hemingway escribía todos los días y anotaba cuántas palabras escribía al día. Cortázar escribía todos los días tres o cuatro horas. Quiero decir, que detrás de todas esas obras hay, además de talento, hay disciplina y muchas horas de trabajo. La vida del escritor gira alrededor de la literatura. Todo tiene que ver con la función literaria, es el centro de su vida.

Para finalizar, debo decir que en todo proyecto narrativo, en cualquier tipo de relato, hay dos condiciones fundamentales para tener en cuenta: la primera, un buen relato nunca puede delatarse, un buen relato siempre tiene que ir adelante, lo único que va adelante es la actitud para el suspenso, lo que yo llamo la “actitud de sherezada”, ella tenía que inventar un cuento que no terminaba y que contaba cada noche para que el sultán no le cortara la cabeza. Esto se llama “suspenso”, la suspensión del relato, el mantenerlo quieto. Entonces, todo cuento debe tener suspenso, algo falta por contar pero yo no puedo decirlo, no puedo hacerlo y esto es aplicable a cualquier cosa: al relato oral y al relato escrito, novela o lo que sea. Otro aspecto que considero muy importante en el relato y es la imagen perturbadora. Todo texto tiene una imagen perturbadora, que no tiene que ser escabrosa o terrorífica, puede ser una imagen amable o amorosa, que lo deja a uno recordando o imaginando el rostro de una persona o imaginando una situación o un acto de terror o de placer. Con estos dos elementos ustedes pueden armarse de buenas historias: suspenso y la imagen perturbadora, y aplicar el sentido básico de la escritura, que es que las frases sean contundentes, claras, directas, cortas en lo posible, que armen párrafos con una sola idea y que cada párrafo forme el texto que tenga sentido, principio, desarrollo y fin. Eso se llama un cuento escrito y ustedes son bienvenidos a las prácticas del taller RENATA-UIS 2008.