martes, 18 de noviembre de 2008

Relato premiado en el Concurso de cuento TU CUENTO VALE

Mi amigo Antonio


Por:Leonardo Raúl Brito

Llegó con su familia. No sabíamos de dónde venían, ni cómo llamarlos. Eran cinco. Plantaron una carpa en la orilla del río; y nadie los previno sobre el peligro de estar allí. Era flaco; de andar cansino, como si en sus espaldas arrastrara la desgracia de toda una raza. Fue el único que divisó mi intromisión. Me miró con sus ojos lánguidos y yo advertí que invadía un terreno prohibido. Regresé a casa. En toda la noche no pude dormir, su mirada me perseguía en los sueños y las gotas de lluvia, por su parte, amenazaban con derrumbar el techo de la casa.

Al día siguiente, el estruendo del río habitaba en todos los rincones del pueblo. Las rocas chocaban unas con otras y entonaban un himno perverso; se confundía con el bramido de las vacas arrastradas por la corriente. Impotentes, hundidos en el lodo, veíamos los estragos de la inundación. Las palabras nunca aparecieron y los suspiros, por momentos, eran el único consuelo. Así estuvimos hasta que alguien recordó a los visitantes. Bajamos por la rivera y allí estaba, para sorpresa de muchos, la carpa intacta. La anciana acababa de poner una tablilla en la que se podía leer Romanes Than. Algunas señales de la cruz acompañaron nuestros pasos de regreso. Es obra de Dios, dijo una señora o del Demonio, repuso otra. Desde ese día San Juan de Girón no volvería a ser el mismo.

Volví al río. Una voz extraña, en una lengua desconocida, me llamó. Era la anciana. Dudé un momento, pero la intriga me hizo acudir al llamado. Sentada en el suelo parecía la versión femenina de un patriarca destronado. Quería saber del pueblo, le dije que era blanco y de calles de piedra. Fue suficiente, pues no preguntó más.

Me acerqué detrás de la vivienda. Él estaba allí; junto a su padre labraba figuritas de cobre que parecían cobrar vida. Me reconoció y miró a su madre; Gadye*, murmuró ella. Era una mujer hermosa, alta y esbelta, vestía un traje largo y colorido y una pañoleta roja cubría su cabeza. Con la hija arreglaba los rotos de la carpa. La niña era una pequeña, camuflada en sus grandes ropas. Se llamaba Nora; él, Antonio.

En el pueblo dejaron de lado la inundación y las conversaciones giraban en torno a la nueva familia. Una versión los presentaba como brujos que volaban por los techos llevándose el alma de los niños. Así quisieron explicar el suceso del río. Otro señaló que eran simples ladrones y que sólo estaban de paso. Se equivocaron, pues tenían la firme intención de permanecer aquí, en el pueblo de las casas blancas y las calles empedradas.

El primer día hubo gran alboroto. Las personas que llegaban de la ciudad, para asistir a la misa dominical, encontraron en sus palabras motivos para volver. Las mujeres trataban de guardar decoro mientras esperaban en una larga fila. Las líneas de sus manos señalaban sus ilusiones y fracasos. El padre salió furioso y las metió a empujones en la iglesia. Y a las gitanas, como alguien dijo, las condenó al infierno.

Yo aproveché el desorden y me escapé de misa. Encontré a Antonio y a Nora. Su padre había subido a la montaña. Hablamos por largo rato, y les pregunté de dónde venían. Antonio, con su rostro grave, dijo que de muy lejos, que habían errado muchos caminos y que su historia era un solo trasegar. Después, con una mirada señaló al río, y prosiguió, aunque lo importante es saber hasta dónde nos lleva la corriente o si tenemos la fuerza suficiente para nadar en su contra. Sus palabras comenzaron a maravillarme. Ese día nació nuestra amistad. Luego, se volvió costumbre, yo me fugaba de casa para escuchar sus historias.

Sin embargo, en el pueblo las cosas no marchaban bien. Un grupo de personas se reunió y maquinó en su contra. Aprovechando que el hombre no estaba quemaron su carpa, los golpearon y les dijeron que se fueran, que la próxima vez iba a ser peor. Nora me contó y no paraba de llorar. Para tranquilizarlos, la abuela, en su lengua, les rezó una oración. Fui a mi casa, tomé mis sábanas y las llevé para similar una nueva carpa. Acomodamos las telas en la estructura de madera y las untamos con parafina. Al terminar, la abuela tomó la tablilla y de nuevo la izó en la carpa: Romanes Than. Qué significa, pregunté; casa de gitanos, concluyó.

A los pocos días, Antonio enfermó. Con Nora le dábamos aliento y una tarde lo hicimos levantar de la cama para buscar flores río arriba. Estábamos muy entretenidos y no escuchamos el ruido de la corriente. No hubo una gota de lluvia que avisara. El agua llegó por tierra. Venía en silencio, al acecho. Todo fue muy rápido. Nora y Antonio me veían desde la orilla y yo luchaba contra las aguas turbias. Después no recuerdo más. Desperté en mi cama, con mi madre entre sollozos. Me relató lo sucedido y salí a buscarlo. Su mamá lloraba sobre su cuerpo. Nora hacía lo mismo y la abuela contemplaba al río. Traté de acercarme, mas un nudo en la garganta me lo impidió. Me sentía culpable, Antonio murió mientras salvaba mi vida.

La carpa desapareció con todo en su interior. Pero no hay indiferencia que la muerte no pueda vencer. El pueblo olvidó sus miedos y les tendió la mano.

Por nueve noches nadie en la familia durmió. La abuela dijo que los muertos iluminan el camino de los vivos. Y debe ser cierto, porque desde que Antonio partió llegaron más gitanos; trajeron la kriss** y la voz de sus viejos para guiar sus acciones. San Juan de Girón empezó a cambiar. En las calles empedradas, como por milagro, crecieron flores con tanta rapidez que muchos pensaron que estábamos sobre el paraíso; los pájaros hicieron sus nidos en la plaza y todas las mañanas entonan su alegre concierto.

Han pasado varios años y aunque aún conservamos nuestras raíces, hemos heredado un toque de gracia escondido detrás de cada uno de nuestros pasos; y las gitanas, con su frente altiva y sus vestidos alegres, desfilan por la plaza en busca de manos para descifrar en ellas, a la vez, su propio destino.


Mas, hoy me toca partir. Me marcho con la nostalgia de dejar mi historia en estas calles de piedra. Vine a despedirme de Antonio... y ahora, en este instante, mientras observo las letras que forman su nombre, siento que su recuerdo siempre estará conmigo, será la fuerza de mis pasos en la lucha contra esa corriente que llamamos vida.
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Leonardo Raúl Brito

Me llamo Leonardo Raúl Brito. Nací en Hatonuevo, municipio de la Guajira, Colombia. En la actualidad curso último semestre de Licenciatura en Español y Literatura en la Universidad Industrial de Santander. Ganador de la Primera Mención en el V Concurso Nacional de Poesía Gustavo Ibarra Merlano de la Universidad Tecnológica de Bolívar, Cartagena de Indias, (mayo de 2008) y del VI Concurso de Poesía Eduardo Carranza, organizado por la Alcaldía de Sopó, Cundinamarca (julio de 2008).

El gusto por la literatura comenzó desde muy joven, pero sólo hace cinco años empecé a cultivarla y a llevarla como parte fundamental de mi vida. Después de leer a escritores como Homero y Cervantes, Juan Rulfo, Antón Chéjov, César Vallejo, García Márquez, Pablo Neruda es imposible, creo, no sentir la necesidad de seguir leyendo y hurgando en el espíritu humano.

En cuanto a la inmigración, siempre he pensado que es la lucha del Hombre por mantenerse con vida; la lucha por conquistar en otros horizontes lo que se ha perdido o no se ha alcanzado en el propio.

Cada inmigrante tiene una historia particular, pero en todos, quizás, el sueño es el mismo: tener la posibilidad de una vida mejor. Porque la inmigración más que un fenómeno social o un problema económico para el mundo, es un asunto íntimamente Humano, de no borrar las huellas y hacer florecer la esperanza de un Mañana.


Para saber más del premio ir al en lace de TRIBUNA LATINA: http://www.tribunalatina.com/es/notices/estos_son_los_gandores_del_concursdo_de_cuento_tu_cuento_vale_15460.php

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